La tentación simplista y la equidistancia irresponsable

La tentación simplista y la equidistancia irresponsable

Decirle “fascista” no bastó.

Decirle “machista” no bastó.

Decirle “homofóbico” no bastó.

Decirle “autoritario” no bastó.

Y todo esto es enteramente cierto, probado y, por cierto, defendido con orgullo por sus más acérrimos seguidores. Toca mucho más que la semántica que hoy, lamentablemente, no es más un motor de revés electoral. 

Hoy Bolsonaro ha ganado en Brasil haciendo gala de una incorrección política que no es más “incorrecta” cuando se erige como respuesta a determinados anhelos y reclamos mayoritarios. Lo de la serpiente y el huevo de la serpiente a propósito de las elecciones Suecas hace unos meses, aplica también para este caso. Jair Bolsonaro fue un candidato que se erigió como una especie de respuesta no sólo a la polarización en un país herido por la corrupción y las anomalías democráticas. Anomalías como el impedimento de participación de Lula Da Silva en estas elecciones que constituye una variable a considerar a la hora de mirar estos resultados. 

Lo cierto es que, aunque no nos guste, ha habido identificación con un candidato sobre el cual las palabras “fascista”, “machista”, “homófobo”, etc. no hicieron mella. Y no la hicieron porque las necesidades inmediatas de un amplio sector de la población, a su vez que las amenazas que perciben en su cotidianidad desplazan las urgencias y las prioridades. Demandas y necesidades que, por cierto, han sido generadas en buena parte por el mismo sistema económico que defiende el ahora presidente: pobreza, austeridad, precariedad, pérdida de empleo, inseguridad ciudadana, etc. Pero que, con un discurso extremista (fascista) consigue evadir esta premisa y presentar una falsa alternativa. La falacia de la solución desde el extremo. El mito de la salvación con mano dura. La trampa del punto final a las superficialidades, como si el feminismo, el respeto por los derechos y la lucha de la comunidad LGTBIQ, de la libertad de expresión, etc. lo fueran.

Pero aquí toca apuntar un par de NO(s) inmediatos.

1. NO. El electorado brasileño NO es fascista ni imbécil.

La tentación del simplismo radica justo aquí. En el facilismo del dedo acusador sobre aquellos y aquellas que lo que hacen es responder a un contexto electoral concreto con razones legítimas que, ya sea para combatir o variar, implican un entendimiento y no un rechazo desde una supuesta superioridad moral. El electorado brasileño ha respondido con Bolsonaro a una realidad concreta y, por cierto, ha creído en esa falacia de la solución desde el extremo que señalaba líneas arriba.

Imagen de la espera de resultados en la primera vuelta

Sí, es la hora de los mea culpas pero me temo que para evitar esperar sentados, es mejor proponer desde nuestras trincheras. Y cuando digo “nuestras” digo NUESTRAS porque la amenaza que llegó al Gobierno de la que es considerada la “cuarta democracia del mundo”, es una amenaza regional. Cuando menos, al Perú, debería interesarle mirar al país vecino para entender las motivaciones detrás del nuevo jefe de gobierno de nuestro vecino.

2. NO. No puedes poner al PT y a Bolsonaro al mismo nivel.

Ser demócrata no es ser equidistante y si algo hace mucho ruido en estas últimas semanas es la capacidad de equidistancia de quienes se dicen “demócratas” y que buscan disfrazar sus matices de una “responsabilidad” que es justo lo contrario. Por supuesto que el PT tiene parte de responsabilidad en el entuerto y que la corrupción es una de las variables de movilización en Brasil, pero de ahí a decir que es equivalente la responsabilidad del PT con la de los medios que desde sus tribunas oligopólicas levantaron a Bolsonaro porque Haddad era demasiado rojo para su gusto, no se sostiene ni con un yunque de fake news.

No podemos caer en el “todos tienen responsabilidades” que, por cierto, es el mismo discursillo falaz y perverso de una Keiko Fujimori que está contra las cuerdas. No es verdad. No todos tienen las mismas responsabilidades y no es lo mismo juzgar a determinados líderes políticos por corrupción que hacerlo porque anuncian sin ningún tapujo que vulnerarán los derechos de las mayorías, que exterminarán o echarán del país a los “rojos” zurrándose en los derechos ciudadanos a la libertad de expresión, que se burlan de una lucha feminista porque no nos violen ni abusen de nuestros cuerpos o que anuncien abiertamente que la homosexualidad es un tema de “crianza”.

No es lo mismo queridos y queridas analistas que quieren disfrazar de equidistancia responsable lo que es la más abierta expresión de ideología. Sería más valiente, y tremendamente más sincero, que dijeran que no les gusta Haddad, que aunque Bolsonaro es un terror, es un terror que goza de simpatías entre algunos de los que se autodefinen falsamente como demócratas. 

Recordemos las últimas elecciones francesas y la marea casi en clave de maremoto de analistas que desde todos los rincones llamaron a votar por Macron sin ningún ambage ni matiz, porque lo que estaba en juego era “el estado de derecho”. ¿Dónde han estado estos llamados en las elecciones brasileñas? Si acaso hemos encontrado rechazos duros a Bolsonaro porque, bueno, no quedaba otra ante un candidato tan abiertamente polémico, los apoyos o llamados a votar a Haddad han gozado de un porcentaje mínimo en los mismos medios que, en otras circunstancias, han puesto al “estado de derecho” por delante de todo. Que no somos tontos. Que ahí también hay responsabilidades que depurar.

Ahora el apunte que abre camino para lo que nos toca a partir de mañana: construir alternativa.

Si algo queda claro es que vivimos un momento de resistencias. Vivimos escenarios de necesaria confluencia democrática que desde todos sus fueros (institucionales y ciudadanos) sea capaz de lograr una cosa: construir una alternativa.

manifestación masiva de mujeres contra el ahora presidente BOLSONARO

Una alternativa que sea tan capaz de denunciar al fascismo que es la consecuencia de los daños y heridas que deja un modelo económico que en nada se diferencia al que defienden estos “mal llamados” salvadores, como de brindar un horizonte de posibilidad y garantías. La inseguridad ciudadana que amenaza y permite el nacimiento y  crecimiento de los extremos tiene que ver con la falta de garantías vitales que tiene la ciudadanía. Nos las han arrebatado. No hay garantías de empleo digno, derechos laborales, acceso a la salud pública, a la educación, infraestructura de calidad en todos los territorios, acceso a la información veraz, etc. En definitiva: garantías de una vida digna.

Es por ahí por donde debe apuntar una alternativa que será, sin duda, una alianza entre partidos y movimientos ciudadanos que están realizando pequeñas revoluciones importantes desde sus espacios. El movimiento feminista es, de todos ellos, el que mejor lección nos está dando sobre la capacidad de poner en el centro un debate sobre todo nuestro modelo económico, de cuidados, de consumo y de derechos.

Tal vez la pista está, en seguirlas. En Brasil, sí, pero no solamente.

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